lunes, 6 de agosto de 2007

1. La luz (Relato de la verdadera y sorprendente historia del joven que sedujo a diecisiete mujeres maduras, las hizo suyas para luego perderse...)

Relato de la verdadera y sorprendente historia del joven que sedujo a diecisiete mujeres maduras, las hizo suyas y las dejó sin un peso para luego perderse en las mieles del alcohol.

La luz llegó a Rodrigo con sorprendente prodigio. Nunca lo abandonó, lo siguió siempre en su trajinar desventurado por los rincones oscuros y por las luminarias y sus círculos. Esa luz que se asomaba en los ribetes de su frente, y en los insoldables pliegues de sus ojos vivaces.
Desde que el gris de la alborada de la vida abandonó sus ojos Rodrigo mostró a quien se pudiera el poder de su mirada capaz de doblegar las voluntades más magnas, sobre todo si eran voluntades femeninas. Aunque no lo supiera, desde que estaba en la cuna el niño ya contaba con el poder que luego haría que las mujeres más bellas, las más experimentadas y las más ricas lo aceptaran en su cama, como compañero de amores y de confidencias, y luego de otras cosas más profundas, más cercanas a lo que es verdadeamente importante...
A la primera que arrobó fue su madre, y ese enlace de ojos fue la perdición de ambos. Constituyó su sino y su fortuna y su desgracia, y los llevó a internarse juntos en el oscuro de la tentación del dinero y del poder. Recorrieron aferrados a la luz de los ojos de Rodrigo un camino del que no se regresa, y allá se quedaron, una en la tumba y el otro en el olvido, en el frío de la banqueta, en el despojo de la mugre de la indigencia de la vida.
Y pensar que todo empezó con un parpadeo, con una mirada todavía inocente, aquella mañana en la que Otilia se inclinó para mirar a su hijo pródigo. Lo parió con mucho dolor ella sola, como sola había afrontado el embarazo sembrado por una calentura peregrina, a la salida de un baile en el salon "El pajarito" a donde iban todas las mujeres que trabajaban en la maquila. Allá en el monte, en un carro largo, achatado y viejo, abrió las piernas para sentir el calor de su hombre de esa noche, y en el epítome del enlace carnal sintió el derroche del nectar vital que le hizo un hijo, y que sería con el tiempo la acción más relevante de su vida. Había nacido para recibir ese encargo, para cumplir con esa tarea en el funcionamiento aceitado del engranaje de la obra divina, del mecanismo universal de las ruedas del Universo. Rodrigo tenía que nacer, para gracia y desgracia de diecisiete mujeres que marchaban cada una por su camino, cada uno lejano, pero que más temprano que tarde iba a converger (o a convergir) en esos ojos, en esa luz tangente en el ocaso de sus añoranzas y en el ascendente terrible e implacable de la calentura y la ambición de un muchacho y de su madre.
Aquella mañana Otilia se inclinó en un crujir de arreboles blancos y cremas de las sábanas de su cama y miró fijamente a los ojos de su bebé. Ahí encontró el sentido de lo que le quedaba de vida, y se encomendó al Santo niño de Atocha, que se aparecía sentado en las cúpulas de la iglesia más vieja de su ciudad, para tener las fuerzas suficientes para doblegar la fuerza de sus certezas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, asi que esta es tu verdadera historia? jaja ja ja
B.R.O.M.A.
Ya mete algo nuevo a tus blogs!
A.

IDALIA SANDOVAL NOSVITZ dijo...

que ya no tienes este blog activo???? reporta nuevos sitios tuyossss es una orden